Sin temor a la claustrofobia, al chile de árbol, a la Reina, a la incorrección política, a la rima, al caminar, a perder la conexión virtual con el mundo distante de la sociedad, al pecado, al Senado de la república, al juicio de los otros, a la expansión y el dominio territorial; sin ningún temor tampoco me atrevo a reprochar y a criticar ampliamente cada evidencia que encuentro de la enfermedad que esteriliza y neutraliza, que corroe nuestra ambigua plataforma inmóvil social. Incluso la organización del refrigerador recae sobre la vieja ordenanza del sistema de los objetos preestablecido por una sociedad poderosamente consumista. El espacio no es aprovechado, es apropiado, la metáfora arquitectónica se extiende más allá del proverbio de la departamentalización del suelo, del aire acondicionado. “Marca con una X tu presencia para poderla respetar, y traza una línea que determine tus desplazamientos y no profanar tu privacidad.” Es el dictamen social, un imperativo repetido por los hábitos de los no-emancipados para recordarle al mundo que su impráctica e inmadura manera de ser, su impropio y malversado estilo de vida se deben a la devoción inconsciente a un régimen fantasmagórico que poco a poco posee su personalidad, generando trastornos de identidad. Los espacios comunes son servilmente atrapados por el orden de la atracción gravitatoria de un capital funcional y utilitario; así como los tampones varían su precio en adecuación a la cantidad del sangrado. Sin lugar a dudas cada vez más cientifizados pero más ignorantes, tecnológicamente neutralizados, patológicamente vacíos. La ambivalencia que expide constancia del deber se circunscribe bajo la órbita del prejuicio, de la satanización y de un religiosismo beligerante que atropella, sofoca y engulle la esperanza bajo una nueva era de fe ilusoria. Diría el representante de la salud y la higiene que ya no es necesario ser judíos para practicar la circuncisión. Y entonces me viene a la mente la idea de un Dios sin creyentes que se burla de la forma de nuestras cabezas y de la moda que nos atrapa y categoriza. No damos cuenta de que nuestra presunta elegancia moderna es sólo el efecto de un síndrome pasajero que se renueva con el paso del tiempo y que se olvida fácilmente sin dejar historia alguna. Vivimos la era del vacío, tanto del estómago como del cerebro. Anorexia y Relativismo, hipersubjetividad forzada. Hablamos de la mente con futilidad, le asignamos espacio y capacidad de proyección, sin embargo, todo sigue repitiendo constantemente los complejos psicológicos de la pequeña burguesía enamorada de un antaño inimaginable. Vivimos la época más arcaica de la humanidad, sumidos en la conciencia de una tecnología de desarrollo incesante, la apariencia de un mundo sumergido en los problemas más antiguos alcanza un nuevo límite desmesurado. Catástrofe ecológica, económica, ética. Guerra, contaminación, alta densidad de población, epidemias y decadencia. Se repite y sigue repitiéndose la arrogancia humana de la posición de clase, la falacia de la autoridad, el imperialismo y la marginación, y no es que entremos en el ciclo spengleriano de la repetición histórica del fenómeno de la decadencia en las civilizaciones “avanzadas”, es algo más interno a la vida, algo más propio de ella. El hombre es el animal mamífero que se distingue de los otros animales por el uso de teléfonos celulares y el desprecio por su propia especie.
Hablemos de alacenas y refrigeradores como reflejo del establecimiento de un régimen consumista en la vida cotidiana. Individuo prototípico X, esperanza última de alienación, comienza su nueva vida en un nuevo departamento, el espacio se encuentra vacío, dispuesto y abierto para la expansión y su utilización como receptáculo de todos los bienes asequibles. Y entonces en la cocina sin muebles, aparece en la imaginación su futuro aprovechamiento: estufa en lugar A, refrigerador en lugar B, microondas sobre objeto R en lugar B, la alacena se subdivide en compartimentos, enumerados del 1 al 9, latas, arroz, frijol y cereales en 1 y 2, sopas instantáneas, condimentos en 3, café, azúcar, chocolate en polvo en 4, vajilla en 5 y 6, cubiertos en 8, servilletas, papel aluminio en 9. Una gran lista de etcéteras se esparce por todo el lugar. Eventualmente, la ocupación del lugar alcanza su totalidad, un andador estrecho e imaginario indica las zonas de desplazamiento, no hay lugar para bailar o hacer el amor en la cocina, se repiten los hábitos del seno familiar, nos separamos para dormir y nos apretamos para comer. De pronto, la realidad aparece, registrando cada mal cálculo de expansión, llegan los nuevos compañeros de cuarto y el espacio provechosamente organizado pierde su utilidad. Surge como emergencia la práctica de la impostura, se privilegia la antigüedad, el más “anciano” de los co-habitantes regula y restringe las operaciones de los demás. ¿De quién es qué? Cuestiona el individuo prototípico X, “yo sé”, reclama, “y estas son las reglas”, confirma. ¿No existe un germen de colectividad, de funcionamiento comunitario en los seres humanos hoy en día? Pareciera que unos a otros, mediante fuerzas intangibles y prejuicios comunicativos, nos obligamos constantemente a la politización de todas las normas y de todos los recursos, y nos arrojamos a la necesidad de la práctica elitista de la selección, compartir un espacio se encuentra sometido a un casting exhaustivo y deshumanizante, adiós vieja hospitalidad tribal, bienvenidos al circuito del acceso restringido hacia dentro de un completo manifiesto de una disfuncional herencia de hábitos familiares.
De vuelta a los refranes, dime como usas el Internet y te diré quién eres.